Buscaba la muerte en los campos de batallas de ciudades perdidas, en los callejones oscuros donde solo habita la incauta melancolía, en los ojos de todas aquellas mujeres que se saben prohibidas. Buscaba a la muerte para mirarla a la cara, para demostrarse a sí mismo que el miedo nunca existía, para destruir el mito de que la mano que sujeta la espada es la mano que domina el mundo. Viajo a reinos tan olvidados que le costo toda una vida encontrarlos, perdió su alma tantas veces que sabia que ya no existía un lugar en el cielo donde protegerla por toda una vida, se enfrentó a la oscuridad y rindió su espada a la tristeza, nuca dio un paso atrás y se enfrentó a la traición para escupirle a la cara. Dejó cientos de muertos por el camino, cuerpos sin vida, que tal vez nunca merecieron vivir, escuchó las canciones más hermosas recitadas por labios que nadie puede besar, y permitió que la diosa fortuna jugase a dados con su destino. No derramó ni una sola lágrima por todas las vidas que quitó, de nada vale quejarse por los sueños perdidos que nunca llegarás a encontrar ni por las mujeres que no te dan nada pero lo piden todo. Pudo ser rey pero prefirió cabalgar hacia ese horizonte que nunca sabes donde te podrá llevar, y a veces, escasas veces, encontró la felicidad, lugares tan hermosos de los que no te quieres marchar, corazones tan puros que sabes que nunca se podrán manchar. No perdono una vida ni perdió tiempo en fútiles remordimientos, y mientras cortaba la cabeza del mundo sintió como la tristeza nunca le abandonaría, como las palabras a veces cortan más que el filo de una espada, como el olvido es el tirano más cruel, como se puede morir entre los labios de una mujer.
El tiempo se deslizo por las oquedades de la nostalgia, por los cuerpos desgastados que suplican no ser olvidados, por los mares enrabietados que te da miedo surcar porque sabes que en algún momento su furia te hará zozobrar, y como el tiempo él nunca detuvo el trote de su caballo, nunca dejó de buscar el consuelo que sabía no podría encontrar, no perdonó ni una vida que no mereciese ser perdonada y a veces, en ciertos momentos, dejó que su espada descansará de tanto matar, que la sangre se secase de una vez en su filo y que su destino fuese otro distinto y poder, por fin, descansar.
DEJÓ QUE SU ESPADA IMPARTIESE JUSTICIA
QUE SU FILO CORTARSE EL PASO DEL TIEMPO
PLANTÓ CARA AL DESTINO SIN TITUBEAR
SIN DAR NI UN SOLO PASO ATRÁS.
Y MIENTRAS LA MIRABA A LOS OJOS
COMPRENDIÓ QUE HABÍA LLEGADO AL FINAL DEL CAMINO
QUE LA MUERTE BUSCABA SUS BESOS
Y QUE SUS LABIOS EXHALARIAN SU ÚLTIMO ALIENTO.




