La tormenta arreciaba y las esquirlas de hielo se clavaban como cuchillos en el ropaje del pistolero, los rayos dibujaban un cielo siniestro y la noche encerraba un mar de colmillos esperando devorar las entrañas del mundo. Solo se escuchaba el siniestro repique de los truenos poniendo banda sonora a la tragedia. El pistolero avanzó con calma, sobre su cintura descansaban dos preciosos colts de cachas nacaradas bastante desgastadas por el uso y de su espalda sobresalía el mango de una vieja katana sujetada por una correa de cuero de un color indefinido vencido por el paso del tiempo. La muerte le había perseguido durante siglos y era el momento de presentarle sus respetos, de mirarla a la cara y decirle "no te tengo miedo", de volver a caminar por el infierno si fuese necesario. De la oscuridad surgieron un millar de garras y colmillos dispuestos a desgarrar su alma en mil pedazos. Desenfundó con extrema rapidez mientras los primeros demonios intentaban alcanzarlo, giró un poco a la izquierda para esquivar el ataque y sus revólveres comenzaron a disparar con una precisión mortal, con un canto entonado a la desolación. Las bestias caían abatidas por cada uno de sus certeros disparos, un mar de icor manchaba la noche como un vómito surgido de las mismas entrañas del averno. No dejaba de moverse y disparar mientras las entidades demoniacas intentaban cazarlo. Su rostro no reflejaba miedo, sus músculos se tensaban con cada disparo y su imagen era la de un avatar de la muerte dispuesto a exterminarlo todo. Había llegado hasta este momento segando la vida de muchas criaturas, de seres humanos que nunca merecieron vivir, de almas tan oscuras que daban miedo a la luz. No era el momento de dudar, de retroceder, era el momento de escribir un obitorio con la sangre impura de todos los seres que pueblan el infierno. Continuaba disparando rodeado de oscuridad y cada disparo iba acompañado de un grito gutural, de un gemido que dejaba escapar una vida miserable. No eran seres hechos de esta realidad, eran criaturas escapadas de las más horrendas pesadillas y ahí es donde debían volver. No conocía el miedo porque no le importaba morir, no conocía el dolor porque no tenía corazón. Era un hombre sin alma, sin cielo, sin destino, un ser construido en las entrañas del infierno para erradicar la luz del mundo. El ataque cesó mientras la tormenta amainaba, y sobre el campo de batalla solo quedaban cuerpos retorcidos, engendros vomitados por la matriz corrupta de la desolación, demonios de cuerpos deformes que una vez fueron hombres. El pistolero yacía con una rodilla en tierra apuntando al silencio, a la nada, a la muerte que paseaba altiva por el campo de batalla. Enfundó sus armas y se irguió despacio, nadie había sobrevivido a sus disparos. Era el inicio de una cacería despiadada e implacable, el primer paso para llegar hasta las mismísimas entrañas del purgatorio, era el principio del fin, y ahora, él era la muerte y el infierno le seguía.
LA MUERTE NUNCA ES EL FINAL

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